Wednesday, January 11, 2012

 

    El terciopelo rojo arrastraba sobre las rocas, enganchándose y desgarrándose. Una lluvia de rosas se despeñaba desde las nubes negras y purpúreas. Bajo el cielo nocturno las olas se estremecían.

    El vestido no cesaba de enredarse en las rocas del acantilado, pero cada vez dificultaba menos el paso; poco a poco, se hacía más sencillo el caminar. Las rosas le pasaban por los hombros con suavidad, acariciando la capa con su caída, tan dulce que pareció apropiado desprenderse de la tela. Cayó el terciopelo sobre la roca y los hombros quedaron desnudos. El frescor de los pétalos contra la piel era embriagador; tanto, que se liberó también de la gargantilla y dejó el cuello al descubierto.

    Caminó sin tela que la retuviera, con el temblor apacible de los truenos y el sonido del oleaje bajo los pies, lejano, muy lejano.

    Entre la lluvia de rosas, una pareció quedar suspendida en el aire antes de caer. Permitió que le rozara la oreja y que se le depositara sobre el cuello.

    Entonces sintió un pinchazo. Primero sutil, como un pequeño pellizco, pero cada vez más profundo. Por un instante le invadió la rabia del oleaje y se llevó las manos al cuello. Tiró de la rosa, pero su aguijón permaneció dentro de la piel. La sangre se escurría por sus hombros mientras aumentaba el dolor. Parte de ella quiso regresar atrás y volver a cubrirse con su capa de terciopelo. Otra parte habría querido lanzarse al oleaje, pero, pese a todo, deseaba seguir sintiendo la lluvia.

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